Philippe Descola: Restableciendo el diálogo entre Naturaleza y Cultura

publicado en

A partir de las posibilidades de representación que ofrecen, por ejemplo, los pueblos indígenas al integrar a la Naturaleza en su modo de construir una cosmovisión, el destacado antropólogo francés Philippe Descola, levantó una serie de modelos sobre cómo las distintas culturas conciben su entorno y señalan sus límites, generando particularmente en Occidente observaciones miopes que propician conflictos como, por ejemplo, el cambio climático

 

¿De qué forma los prejuicios etnocentristas, los modos de representación de la realidad que modelamos desde una cultura determinada centrada solamente en lo humano, permiten el surgimiento de conflictos que pueden derivar en crisis al negar posibilidades de asociación distintas? Esta visión cosmológica “cerrada” dominante en Occidente desde la Ilustración -separación entre una naturaleza universal y las culturas humanas contingentes-, no es más que una de las modalidades posibles para describir las estructuras del mundo. Esta cosmología no podía en consecuencia ser tomada como una fuente útil a los efectos de aprehender la manera que poseen otras civilizaciones para concebir las relaciones entre los humanos y los no humanos. Esta ha sido la temática principal a la cual se ha dedicado Philippe Descola, destacado antropólogo francés que visitó Chile invitado por el Centro de Estudios Interculturales e Indígenas. Durante sus actividades académicas, Descola ofreció la conferencia “La Composición de los mundos” y el seminario “Hacia una nueva cosmopolítica”.

Durante los años setenta, Descola se internó en el Amazonas y convivió con el pueblo indígena de los achuar. Allí se sorprendió de haber encontrado un fenómeno de anarquía pura, tan distinto a las construcciones sociopolíticas occidentales. No sólo no había Estado, sino que tampoco había jefes. Además, los achuares tenían una atención especial por la naturaleza: no existía una distinción entre humanos y no humanos, y sus relaciones interpersonales incluían a plantas, animales e incluso otros elementos de la naturaleza, como las piedras. A partir de esta experiencia, el antropólogo francés heredero de Claude Lévi-Strauss, concibió cuatro tipos de ontologías preeminentes en las sociedades humanas: el naturalismo que implica que solo los humanos tienen vida; el animismo, donde los no humanos tienen vida; analogismo, donde el mundo es percibido como una infinidad de singularidades, por último, el totemismo, el cual agrupa a humanos y no humanos según sus propiedades físicas y morales. El naturalismo es la aproximación que define la concepción del mundo en Occidente, generando una separación entre cultura y naturaleza. Un paradigma que provoca constantes conflictos y rupturas.

Profesor en el Collège de France en la cátedra de Antropología de la Naturaleza, Phillipe Descola  es también académico de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de Paris (EHESS), donde dirigió el Laboratorio de Antropología Social desde el año 2000 al 2013.

Durante los eventos académicos ofrecidos por Descola, el académico apuntó a que al revés de las posiciones preeminentes en la Historia y la Antropología, en que es solo un mundo es el existente, con su totalidad y representaciones, es pertinente para quienes estudian y describen la diversidad abordarla como una diversidad de composición de los mundos. Es en la relativa coincidencia esos mundos, sus marcas compartidas, y las experiencias de las cuales dan testimonio, donde se da a lugar a lo que llamamos ordinariamente una cultura. En este sentido, los problemas particulares y las soluciones adecuadas no surgen solo del desarrollo histórico o de las contradicciones que este genera sino también del hecho de que frente a situaciones análogas cada fragmento de humanidad no se plantee las mismas preguntas o por lo menos formule esas preguntas de maneras tan distintas que los otros fragmentos pueden tener algunas dificultades en reconocer en esas preguntas las que ellos mismos se dan como tarea de dilucidar.

Descola sostiene que la generalización de la teoría moderna del Estado como marco de la existencia política de los individuos, conduciría a desestimar el hecho de que cientos de seres humanos han vivido durante largo tiempo  en colectivos en los cuales los limites ontológicos no se detienen en las fronteras de la humanidad. Divinidades, espíritus, ancestros, plantas y animales, lagos y montañas, forman parte del colectivo en igualdad de condiciones que los humanos, o bien ellos existen en los colectivos en que los humanos interactúan: todos son sujetos políticos. No es el caso en las sociedades modernas donde solo se acuerda una existencia política a los humanos. ¿Podemos inspirarnos de estos colectivos no modernos para considerar otra forma de concebir y de poner en obra un vivir conjunto más receptivo para lo no humano? Esta es la pregunta que el francés nos entrega.